Padres Nuestros Martes, 17 Noviembre 2009
Posted by Javo in Desvaríos de Bárbara Alpuente.Tags: Bárbara Alpuente, Padres
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Uno nunca acaba de olvidar todas esas frases que le decían sus padres, ya fuera para no contestar nuestras preguntas, o por animarnos frente a las adversidades o simplemente por pura ignorancia.
Recuerdo cuando en mi colegio se celebraban las olimpiadas de fin de curso. Todos los alumnos nos lo tomábamos muy en serio. Era el momento de demostrar que jugabas al baloncesto como Jordan, al fútbol como Maradona, que corrías más que Carl Lewis y saltabas vallas como… Como alguien que salta muy bien las vallas. Pero para evitar tanta presión, los padres nos decían con su mejor intención: lo importante es participar.
Bien, pero si lo importante es participar ¿qué coño hago yo compitiendo? ¿Y por qué el premio grande se lo lleva ese que ha llegado antes que yo? Y si lo importante es participar, ¿por qué os ponéis más contentos cuando gano que cuando sólo participo? ¿Y por qué desde las gradas me animáis a que gane? Lo importante es ganar, por eso corremos, para llegar antes, si no, yo no tengo ninguna necesidad de ir hasta el otro lado del polideportivo. Aquí donde estoy, estoy bien y además no tengo prisa.
Otra frase que me tiene fascinada y que he oído varias veces es esa de: cuando seas padre comerás dos huevos. ¡Guau! ¡Dos huevos nada menos! Qué ganas de ser padre, es el mayor aliciente que puede haber en el mundo para lanzarse a la aventura de la paternidad. Y además, esta frase en el fondo quiere decir: cuando seas mayor podrás comer como un cerdo sin que nadie se interponga entre tú y tu hígado.
También había frases típicas cuando tus padres se entrometían en tus relaciones para mantener las suyas propias. La lógica es aplastante: dos padres amigos con dos hijos = dos hijos amigos por narices. Pues no. No siempre te cae bien el otro niño, y aún así tienes que oír constantemente: déjale jugar contigo, déjale la pelota, déjale la muñeca… ¡Déjame a mí elegir a mis amigos, no te digo! Además, el otro niño suele parecerte muy tonto y deseas que sufra. Le dejas la pelota para no discutir, pero cuando tu madre no te oye le dices en bajito: devuélveme la pelota o te saco los ojos y me pongo a jugar con ellos al pin pong. Y acto seguido, miras sonriente a tu madre con gesto angelical.
Pero lo peor es cuando te dan consejos que ellos mismos no llevan a cabo, como si pensaran que ser padres les brinda una oportunidad para convertirse en mejores personas a través de sus hijos. Por eso a veces pecan de ingenuidad y de buenas intenciones, como por ejemplo cuando te soltaban perlas como: Tienes que compartir tus juguetes. Te dan ganas de decirles: Se me ocurre algo mejor… ¡Comparte tú los tuyos, papá! Si tú compartes tu televisión de plasma y tu coche nuevo, yo comparto mis Barbies. ¿Hay trato?
Pero a pesar de todo esto, quiero mandar un mensaje de apoyo a todos los padres: No os agobiéis, puede que no seáis los mejores padres del mundo, pero ya sabéis, ¡lo importante es participar!
Por Bárbara Alpuente
Hoy pudo ser un gran día Martes, 12 Mayo 2009
Posted by Javo in Desvaríos de Bárbara Alpuente.Tags: Bárbara Alpuente, Borregos, Columnas, Desvaríos, Ríete un rato
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¿Porqué los procesos operativos de las grandes empresas nos esclavizan como borregos?, ¿no somos los clientes?, ¿no debería ser al revés?
Con estas reflexiones continuamos la serie “Bárbara Alpuente, columnas de ayer, de hoy y de siempre”, espero que os riais un rato…


HOY PUDO SER UN GRAN DÍA
Hoy me he levantado muy decidida a hacer un par de cosas sencillas que me hacen feliz y a disfrutar de la mañana.
Tenía que dar de alta mi nueva adsl y luego lanzarme a desayunar tranquilamente unas tostadas con tomate y huevos revueltos. Llamo a telefónica para comenzar mi gestión y me comunican que no me puedo dar de alta porque no tengo teléfono. Observo el auricular, no vaya a ser que tengan razón, y les digo que sí tengo teléfono, precisamente desde el que les estoy llamando. Pero mi nombre no aparece como titular así que yo no existo, y mi teléfono tampoco. Tengo que esperar a que me den una línea, pero como para darla de alta hay que darla de baja y no está a mi nombre, no puedo darla de baja para luego darla de alta.
Conclusión: mande un fax para comunicar su reclamación. No tengo fax, nadie tiene fax, el fax es un instrumento absurdo que debería desaparecer.
Segunda conclusión: mándelo por Internet. Ya, pero llamo para darme de alta en Internet, no sé si me explico.
Telefónica no va arruinarme la mañana y ya que no he podido realizar satisfactoriamente en plan A, paso al plan B:
Desayuno!!.
Bajo a desayunar, pero el lugar especializado en este desayuno que se me ha antojado está en obras. Tras una hora buscando descubro que en Madrid, ciudad inquieta, bohemia, cosmopolita y llena de posibilidades, no se puede desayunar lo que yo quiero a no ser que me meta en el Vips. Ojeo la carta y tengo la opción de “Tostada con tomate y jamón” o “huevos revueltos con bacon”. Les pido el desayuno de la tostada pero con unos huevos revueltos, y no. O uno u otro. Viva la espontaneidad. Pregunto “¿hacéis tostadas con tomate, ¿no?” “Sí”. ¿”Y hacéis huevos revueltos, ¿no?” “Sí” “Pues eso”. “No”. “Tráeme dos desayunos y ya me lo monto yo”. “¿Café?”. “Sí”. “¿Dos cafés?” “No, sólo un café”. “Tengo que cobrarte dos bebidas”. “Pues un zumo de naranja y un café, ¿ves? Dos bebidas”. “No, el zumo de naranja viene aparte o con el desayuno inglés”. “¿Sabes lo que te digo? Tráeme sólo un café”.
Las cosas no están saliendo como me gustaría, pero nadie me quita el placer de fumarme un cigarrito con el café… O sí. La camarera viene muy enfadada señalando el cartel de “prohibido fumar” al que tenían que haber añadido “prohibido improvisar, prohibido cambiar el orden de los desayunos, prohibido querer cosas, prohibido ser feliz”. Me levanto y me marcho.
Bien, ya lo habéis conseguido, no voy a disfrutar de este día y voy a meterme de nuevo en la cama, de la que nunca debí salir. Y cuando estoy a punto de sumergirme en un profundo y reparador sueño y olvidarme de esta frustrante mañana… Riiiiiing, suena el teléfono que se supone que no tengo.
Hoy pudo ser un gran día…
Un dos tres, responda otra vez Jueves, 5 Marzo 2009
Posted by Javo in Desvaríos de Bárbara Alpuente.Tags: Bárbara Alpuente, Columnas, Desvaríos, Ríete un rato
2 comments
Un recuerdo de una sonrisa provocada por una columna que leí hace unos años, me lleva a crear una nueva categoría… se trata de rescatar algunos “desvaríos” de Bárbara Alpuente. Columnas de ayer, de hoy y de siempre “Ojala te hagan reir, eso sería reconfortante”
Aquí os dejo con la primera entrega… prometo que habrá más.

UN DOS TRES, RESPONDA OTRA VEZ
¿Por qué cada vez que le digo a un peluquero que se me cae mucho el pelo, responde que es por la época? No, basta de mitos, se me cae todo el año, no es la época, son todas las épocas. Y hablando de peluquerías, ¿por qué se empeñan en hacer juegos de palabras? ¿Quién les dijo que molaba llamarse “Y yo con estos pelos, no te cortes o córtate un pelo?” Y por esa misma regla, ¿por qué las zapaterías hacen lo mismo? “Pie con bola, pisando fuerte, tacones lejanos…” ¿Y qué me decís de los videoclubs que se llaman Chaplin o Gilda? A ver: no es obligatorio que los negocios lleven un nombre relacionado con su actividad, si no, nos pasaríamos la vida viendo bancos que se llamen “Caja de ahorros Toma el dinero y corre” o bares con nombres tipo “Saca el whisky cheli”. Otra cosa, ¿alguien sabe por qué en las porterías siempre tienen la razón? “Se alquila piso, razón portería”. ¿Qué razón hay que buscar en un alquiler? Sobre todo cuando los alquileres hace tiempo que dejaron de ser razonables. ¿Y por qué en todas las fiestas acaban poniendo “you can leave your hat on” de Joe Cocker y la gente simula un streap teasse? ¿Es que no se cansan de hacer lo mismo desde el 86? No os preocupéis, no voy a entrar en la incógnita más manida de la humanidad de por qué siempre falta un calcetín. No, no voy a entrar, soy lo suficientemente ingeniosa como para no tener que recurrir a una pregunta tan obvia. (Entro un momento pero salgo en seguida, lo juro) En serio, ¿por qué se desemparejan? ¿Desde cuándo los calcetines tienen ansias de independencia? ¿Se ponen de acuerdo dentro de la lavadora o lo tienen hablado ya desde el cajón? “No eres tú, soy yo, que no sé qué me pasa, necesito más espacio, necesito tomar las riendas de mi vida…” Y el otro calcetín, perplejo y cabizbajo (sólo imaginarse a un calcetín cabizbajo ya da sentido a esta columna) “hay otro, ¿verdad? ¿quién, el tobillero, el de rombos, o es que eres un pervertido y ahora te gustan las medias de cristal?” Y otra de las grandes preguntas de la vida cotidiana: ¿qué significa exactamente el cartel que llevan esos pobres despistados de “compro oro”? ¿Quién compra oro, tú? ¿Lingotes o pendientes? ¿El oro vale más o menos dependiendo de qué? ¿El oro es siempre oro, no? ¿Por qué os compensa pagar por mi oro? ¿Qué os traéis entre manos? ¿De verdad pensáis que voy a llevarle mi oro (que ya de entrada suena a la edad media) a alguien que se anuncia con un cartel enorme y con cara de “no sé qué hago aquí así vestido en plena calle Preciados”? (Siento haberme extendido con el tema pero esta incógnita no me deja vivir) Bueno, basta de preguntas, si tenéis alguna respuesta, ya sabéis dónde encontrarme. Razón portería.







